Ricarda. Tibieza de piel gruesa norteña para un niño clase media porteño. Esa infancia, más que toda tradición familiar, me hizo peronista. La transmisión de un universo sensible. Historias de clase argentinas. La suya: campesina tucumana pobre, niña abusada por el patrón, viaje a la ciudad con la hermana, solas. Sufrimientos, pocas alegrías, limpiar casas. Y en el matecito de metal, en la charla con la hermana mientras Crónica habla en la televisión, esa felicidad del recuerdo bajo la forma del sufrimiento. Los hijos. Uno a la cárcel, otro mejor, y así. Un marido golpeador, otro bueno. La viudez. Y los niños que cuida, son como sus niños también, pero un amor para ella como otro golpe en el recuerdo, ese amor raro y fuerte de la que te cuidó cuando eras chico. Entre el peronismo sensible y el peronismo ideológico, sólo el primero te hace peronista, te hace asumir como con aceptación orgullosa todas las contradicciones. Porque los otros te las señalan, te dicen esta idea y esta idea, y esto que hizo Perón. Y eso en el fondo no toca nada. Porque hay una sensibilidad más grande que sólo el peronismo encarnó, que sólo ahí se reconoció a sí misma. La izquierda, te dicen, la moral. Pero qué es la moral si no se origina en la sensibilidad real, la moral de la idea es como la ceguera del vanidoso; y qué hizo la izquierda, que miró siempre del otro lado del vidrio las historias de clase de los trabajadores y los pobres argentinos, que no se asoció nunca –o sólo cuando fue peronista- a una esperanza real. Y uno se pone polémico a veces y hasta defiende a los peores. Pero hay más pueblo ahí que en la cuarta internacional. Y ahí se ve más la dinámica real argentina que en El Capital. Lo veo en otros por su ausencia. Como una falta de un pudor cálido. Eso de que no te importa que el taxista te escuche y decís cualquier cosa en voz alta, porque él sólo maneja, como si no hubiera nadie escuchando. Pero son progres. Por eso cuando salí a la noche y volví de madrugada un día de semana, siempre me sentí levemente avergonzado: me siento más cerca de ese que a las 6 está yendo a trabajar que del borracho al lado mío que habla a toda voz. Pero no, nada de heroico ni de poético en este sentimiento. Sólo digo, hay algo en ese impudor de joven de clase media que se pierde de algo. No siempre más “liberado” es mejor. No todo pudor es en todo negativo. Ricarda. Me va a buscar a la escuela y me prepara el almuerzo.